Hay artistas que parecen tocados por la divinidad cuando suben a un escenario: rodeados de un aura celestial, todo es calma, pureza y armonía. Pero hay otros que parecen surgir de las profundidades del infierno, trayendo consigo una música desgarradora que atrapa el alma. Guadalupe Plata pertenece, sin duda, a este segundo tipo.
El dúo jienense, formado por Pedro de Dios y Carlos Jimena, volvió a Logroño este jueves 26, al Stereo, en otra demostración de su fuerza pantanosa, su energía primitiva y su capacidad para hacer del blues una experiencia casi ritual.

Una noche gélida fuera, pero ardiente dentro
Aunque la ciudad estaba fría, con el viento cortando las calles y muy poca gente dispuesta a salir, dentro del Stereo el ambiente era completamente distinto. El público sabía que iba a presenciar algo especial. A pesar de ser jueves y tener que trabajar al día siguiente, nadie quería perderse la oportunidad de vivir aquel espectáculo que unía en perfecta comunión el blues más sucio, el jazz más libre, toques de psicodelia y un pellizco de flamenco, todo ello envuelto en un aroma a tierra húmeda, hierro oxidado y alma rota.

El sonido como protagonista
Desde los primeros minutos, la música fue la protagonista absoluta. Guadalupe Plata no necesita grandes discursos: su lenguaje es el del sonido. Las letras estaban ahí, sí, pero eran casi un susurro dentro de un vendaval sonoro cuya verdadera intención era hipnotizar.
Con una Stratocaster blanca que rugía como un animal salvaje, un pedal que parecía cobrar vida propia, y una batería convertida en un instrumento de percusión total —golpeada con baquetas, adornada con campanas y acompañada en algunos momentos por maracas—, el dúo se fundió en un torbellino eléctrico. Canciones rápidas, intensas, casi viscerales, se alternaban con otras más extensas, que daban respiro sin perder un ápice de fuerza. Apenas había pausas: todo era un flujo continuo, una especie de trance sonoro.

El alma del ritual: Luis “El Pantera”
A mitad de concierto, el escenario recibió la presencia de Luis “El Pantera”, inseparable compañero de giras del grupo. Su aparición fue una explosión de energía. Armado con un cencerro, una botella de anís o una pandereta, y aportando coros salvajes y ritmos tribales, elevó la intensidad de un concierto que ya ardía por sí solo. Su presencia completó el ritual: tres figuras entregadas a la música, poseídas por el poder del blues más oscuro y sinuoso.
Blues pantanoso hasta el último aliento
Guadalupe Plata demostró, una vez más, por qué su sonido no se parece al de nadie. Lo suyo no es una simple reinterpretación del blues del delta, sino una deformación genial, una mezcla con raíces ibéricas y espíritu espectral. Blues pantanoso, como ellos mismos lo definen: de azada, de alma borracha, de lamento profundo.
Tras hora y media de exorcismo musical, el público quedó con ganas de más. Pero la gira no daba tregua: venían de tocar el miércoles en Madrid y les esperaba Guernica el sábado. Se despidieron sin fuegos artificiales, solo con el eco de los últimos acordes resonando en los oídos de todos los presentes.

Una noche para el recuerdo
El Stereo ha vivido muchos conciertos memorables, pero este quedará grabado en la memoria de quienes lo presenciaron. Fue una noche en la que el blues bajó al infierno, se mezcló con el alma de la tierra y resucitó en forma de trance eléctrico. Una noche endiablada, intensa, y profundamente humana, como solo Guadalupe Plata sabe ofrecer.